30 de junio.
Miguel Terrino VARGAS
Revista Flamenca Fuente Vieja
Hay tardes que pasan. Y hay tardes que permanecen. Tardes en las que el aficionado tiene la sensación de haber asistido al nacimiento de algo importante. Algo todavía pequeño en tamaño, pero inmenso en posibilidades. Algo que recuerda que el flamenco sigue renovándose generación tras generación sin perder jamás sus raíces. Eso fue precisamente lo que sucedió en la Peña Flamenca La Reja con la actuación de la jovencísima bailaora
Carmen Gómez, conocida artísticamente como “Carmen de Utrera”.
Utrera, tierra sagrada para el flamenco, cuna de sagas irrepetibles y de artistas que han escrito algunas de las páginas más brillantes de la historia del arte jondo, parece haber encontrado una nueva joya que comienza a abrirse camino. Una muchacha que aún transita los primeros compases de su formación artística, pero que ya deja entrever una personalidad capaz de emocionar y despertar la atención de quienes conocen la enorme dificultad que encierra el baile flamenco.
La actuación celebrada en La Reja permitió descubrir mucho más que una sucesión de coreografías. Permitió contemplar a una joven artista que vive el baile desde la pasión, desde la entrega y desde el profundo respeto a un arte que exige sacrificio, disciplina y verdad.
La velada comenzó con las sonoridades evocadoras de las
malagueñas interpretadas por el guitarrista
Cristian Cabello, músico sensible y atento que supo crear el ambiente perfecto para la aparición de la protagonista de la noche.
Fue entonces cuando Carmen pisó las tablas para adentrarse en unos
tientos tangos donde comenzaron a vislumbrarse algunas de las cualidades que la distinguen. El compás firme, la seguridad de los desplazamientos, la limpieza de los pies y una sorprendente capacidad para entender los silencios y los tiempos del baile.
A continuación, la cantaora
Silvia Reina regaló unas delicadas
bamberas, demostrando una vez más la riqueza expresiva de un palo que exige sensibilidad y conocimiento. El espectáculo continuó después por
alegrías, donde Carmen volvió a mostrar una notable capacidad para adaptarse a registros distintos sin perder naturalidad ni frescura.
Pero sería en las
bulerías donde la joven bailaora terminaría de conquistar al público asistente. Porque la bulería es Utrera. Es la respiración de sus patios, el lenguaje de sus reuniones familiares y el latido permanente de su memoria flamenca. Y allí, en ese territorio tan exigente, Carmen encontró algunos de sus momentos más brillantes.
Resultó especialmente llamativa la definición de sus pies, capaces de dibujar el compás con precisión sin renunciar a la elegancia. Pero tan importante como la técnica fue su capacidad para comunicar. Porque el flamenco no vive únicamente en los movimientos. Habita también en el gesto, en la mirada, en el movimiento de las manos y en esa transformación casi mágica que experimenta el cuerpo cuando recibe los primeros acordes de una guitarra.
Y eso precisamente fue lo que pudo apreciarse durante toda la actuación. La joven artista parecía dialogar constantemente con la música de Cristian Cabello, encontrando espacios para el temperamento, para la dulzura y para esa flamencura que no siempre se aprende en las escuelas.
Actualmente, Carmen cursa sus estudios en el
Conservatorio Profesional de Danza de Sevilla, donde continúa perfeccionando su formación académica. Un camino que complementa junto a la reconocida bailaora y maestra
Rocío Reyes, figura fundamental en su evolución artística.
Sin embargo, más allá de los escenarios, los conservatorios o los ensayos, existe otro elemento esencial en esta historia: la familia. Porque detrás de cada artista joven que avanza con paso firme suele encontrarse una familia que acompaña, protege y orienta. Carmen cuenta con ese respaldo imprescindible que le permite
crecer sin perder nunca el equilibrio entre la ilusión y la prudencia.
Quizá por eso sorprende tanto la madurez artística que mostró sobre el escenario. Una madurez impropia de su edad que fue reconocida por un público que premió cada intervención con cálidos aplausos y sinceras muestras de admiración.
El flamenco necesita referentes históricos. Necesita recordar a quienes construyeron sus cimientos. Pero también necesita mirar hacia adelante. Necesita descubrir a quienes algún día tomarán el relevo. Y Carmen de Utrera pertenece precisamente a esa generación que comienza a asomar con fuerza desde el respeto a la tradición y el deseo permanente de aprender.
Todavía le queda un largo camino por recorrer. Horas de estudio, escenarios por descubrir, emociones por vivir y experiencias que convertirán el talento en madurez. Pero quienes la vieron bailar en La Reja tuvieron la sensación de asistir al nacimiento de algo hermoso.
Porque hay artistas que llegan haciendo ruido. Y otros que llegan caminando despacio, con humildad y verdad. Y suelen ser precisamente esos los que terminan dejando una huella más profunda.
Elenco Artístico
Baile: Carmen Gómez “Carmen de Utrera”
Cante: Silvia Reina
Toque: Cristian Cabello
Compás y jaleos: Rocío Reyes
Fuente Vieja, a modo de susurro
Hay veces que el futuro no anuncia su llegada con grandes palabras. Aparece en silencio, escondido en unos zapatos de baile demasiado jóvenes para contener tantos sueños. Carmen danza como quien escucha una llamada antigua que viene de muy lejos, desde los patios donde nacieron las primeras bulerías y desde las voces que hicieron de Utrera una patria flamenca. Y mientras sus pies aprenden a conversar con la tierra, el tiempo parece detenerse para contemplar cómo una nueva estrella comienza a buscar su lugar entre los cielos del arte jondo.
Miguel Terrino VARGAS
Revista Flamenca Fuente Vieja