06/08/2025.
Paco Vargas
Poeta, escritor y periodista
+info:
https://aticoizquierdaflamenco.blogspot.com/
Gaucín es un paraíso perfumado por la poesía y la música. Por el alma y el corazón de quienes lo habitan, independientemente de dónde hayan nacido. Todo esto lo explicó muy bien el alcalde,
Pedro Godino. Y, además está recogido en un libro publicado hace unos años y en las crónicas que un servidor ha ido firmando edición tras edición, publicadas en la revista de papel
“El Olivo” y la revista digital
“AticoIzquierda.es”.
Este año se cumplían veinticinco años de su Festival Flamenco, un evento de categoría artística parejo a otros de similar importancia que se celebran por pueblos y ciudades de Andalucía. Por él han pasado artistas del cante, del toque y del baile de una calidad indudable. En sus escenarios, pues distintos han sido a lo largo del tiempo, han actuado casi todos los mejores que en su día lo fueron -algunos ya en el altito cielo- y lo siguen siendo.
Por mor de este cumpleaños feliz, en esta edición se han programado actividades a lo largo de tres días protagonizadas por la Academia de Rocío Jiménez y la propia
Rocío Jiménez con la
Familia Peralta, que actuaron el día 24; el viernes 25 le tocó el turno al flamenco contemporáneo con la actuación de
Cristian de Moret.
El sábado, 26 de julio, fue el broche de oro, con las actuaciones de
La Yiya (Ana María Ramírez Limones, en la partida de nacimiento),
Jesús Méndez y María Távora. Cante y baile y toque que pasamos a comentar:
Después de escuchar a La Yiya concluimos que esta cantaora joven, nacida en La Puebla de Cazalla -tierra fecunda de artistas de todos los géneros, necesita que la suerte la mire de cara y le diga la verdad que ella proclama en cada verso que sale de su boca.
Es una excelente cantaora, de voz limpia y flamenca, llena de ritmo y compás, diciendo siempre la esencia flamenca que distingue a los que se enfrentan sin miedo al toro del cante. La conocemos desde que empezó, siendo casi una niña, en la Fundación Cristina Heeren, a la que tanto debe el arte flamenco, pero hacía tiempo que la escuchábamos en directo.
Acompañada por la guitarra de Niño Martín, que estuvo atento y al servicio de la cantaora, y las palmas de Rocío Barranco e Isaac Mejías, comenzó cantando por bamberas a ritmo y compás de soleá por bulerías, recordando por momento a Pastora Pavón, pero siendo ella siempre: personal e indiscutible.
Los tangos los principió por canasteras, pero luego se trasladó al recuerdo afortunado de la Niña de los Peines y al jolgorio rítmico de la recordada Juana la del Revuelo. Estuvo acertada y gustó al público, muy hablador y desatento, cuyo murmullo impedía centrarse a la cantaora.
La soleá con sones de Alcalá aplacó el cuchicheo y La Yiya pudo llevar los tercios a su terreno, colocando la voz y acordándose de las viejas voces que construyeron este cante para todos nosotros.
La cantaora dijo su verdad, ligó los estilos y llegó a provocar la emoción. Para rematar, cambió de tono y se fue para Triana con soltura y brillantez. El público la aplaudió con ganas y sinceridad.
Las cantiñas fueron de Cádiz, alegres y enjundiosas, acompasadas y rítmicas, saladas y claras y con sabor a mar y a puerto. Las cantó con desenvoltura y alboroto de tablao, pero solo faltó el baile.
Por fin, los fandangos artísticos, con un matiz personal para lucir su voz de mujer valiente empoderada que sabe que tiene que jugársela en cada uno de los escenarios que pisa. La salida fue espectacular y paqueriana, pero en seguida dejó un mensaje en el aire:
“A querer y a perdonar…”. Brillante y emociónate. Se levantó y se fue a pie de escenario. Sin micro. Vamos a escuchar, por favor, dijo casi rogando. Al final convenció y puso al público de pie.
Jesús Méndez, el cantaor jerezano que más gusta de entre los jóvenes, y que más éxito tiene fuera de su tierra, subió
al escenario en segundo lugar, acompañado de las palmas de
Diego Montoya y Manuel Salado, que estuvieron magníficos en la labor encomendada para que el cantaor se luciera, y la guitarra de
Pepe del Morao, que se entiende a la perfección con Jesús en un perfecto diálogo que engrandece el cante y lo hace más emocionante si cabe.
Claro que, el cantaor, defensor convencido de los cantes de La Plazuela, es puro sentimiento y su transmisión con el público es inmediata pues su voz penetra en los rincones del corazón de quienes escuchan con el recogimiento y la atención precisa. Así ocurrió en el cante salida por soleares recogidas en los lugares y en las voces de donde el cante o es verdad o no es sino un batiburrillo de gritos. No es el caso del joven cantaor jerezano, tan flamenco y personal que su jondura penetra ya nos suene a
Manuel Torre o nos suene a
Fernanda de Utrera. Todo en él nos suena verdadero.
En los tientos y tangos estuvo clásico y jondo. Como él es. Doliendo en cada tercio e hiriendo con su cante, que unas veces nos parece caracolero y otras suena oliendo al perfume de
La Paquera. Tampoco se olvida de las formas uniquitas de
Pastora Pavón.
Los palmeros mantienen la emoción con un ritmo espectacular. La guitarra conduce la orquesta perfectamente afinada. El público lo aplaude con pasión y lo vitorea.
Tras la espectacularidad del cante por tangos, el cantaor encaró otro de los cantes imprescindibles en su repertorio. El cante por seguiriyas suena distinto en su voz potente y quejumbrosa. No impostada ni falsa, sino esencial y verdadera. La tierra donde nació imprime un sello inconfundible, pero él eligió en primer término el cante de Tomás Pavón.
El jerezano no es un cantaor localista: la tierra es la tierra, pero el cante es universal. Se imponen las formas personales, empezando por las suyas, antes que el chovinismo que despersonaliza la esencialidad del cante flamenco sin apellidos. En este caso, el cante es del último que lo canta. Estos cantes por seguiriyas son de Jesús Méndez en el momento que sales por su boca.
Como no podía ser de otra manera, acabó su brillante actuación cantando por bulerías. Bueno, queremos decir que el ritmo y el compás de la bulería fue el vehículo idóneo para que cantara por bulerías, recordando a
Luís de la Pica o su barrio, y para cantar por fandangos, ya a pie de escenario y sin micro, y para decirnos que mi amante es pajarero y me ha comprao un loro, etc. Y se dio su pataíta y se metió al público en el bolsillo y acabó en olor de multitudes, como los grandes: Porque Jesús Méndez es un cantaor grande.
El baile, como suele suceder en este festival, puso fin a una noche grande, la que cerrada el feliz cumpleaños que celebrábamos.
Sobre
María Távora - nieta del gran
Salvador Távora, revolucionario del teatro andaluz con sello propio- echó por delante a su cuadro, formado por los cantaores
Antonio García y Juan Villar, Hijo, y el guitarrista
Daniel Mejías. Cantaron por alegrías para animar la llegada de la bailaora, que se hizo esperar.
Pero mereció la pena. María dramatizó el baile por soleá y estuvo clásica y personal, emocionante y valiente. Con los manos, con los pies, con el cuerpo todo. Actuando sobre las tablas. Conoce los resortes del teatro y sabe manejarlos y aplicarlos al baile flamenco clásico. Porque eso es lo que bailó: una soleá a la antigua usanza. Que no quiere decir que fuera antigua, sino que bailó como se ha de bailar: interpretando la danza para hacerla movimiento que comunica. Echándole coraje, emocionando, arrimándose al peligro. Baile flamenco clásico. Templado y mandado por quien tiene que hacerlo. María Távora tiene oficio y sabe bailar. Así lo entendió el público y se lo premió cono sonados aplausos y voces de alabanza y sonoros ¡bravos!
Paco Vargas
Poeta, escritor y periodista
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