Revista de Cultura Popular, Andaluza y Flamenca
Hoy es Domingo, 12 de Abril de 2026
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Los cafés Cantantes: mito y realidad

Los cafés cantantes (*) no son invento ni andaluz ni español, sino que su aparición responde a una nueva forma de espectáculo; un fenómeno, común en Europa durante el período que tratamos, que el flamenco aprovechó para dar el salto definitivo de lo privado a lo público, de la fiesta familiar, sin más pretensiones, a la fiesta pagada y ofrecida por los profesionales; del campo a la ciudad. Los cafés cantantes democratizaron el arte flamenco, creando una incipiente afición que con el tiempo sería entendida y selectiva

23/05/2025.



Paco Vargas
Poeta, escritor y periodista
+info: https://aticoizquierdaflamenco.blogspot.com/



“Porque de las ventas y las tabernas, el flamenco pasó a los tablaos de los cafés cantantes a partir de 1842, con las funciones ofrecidas en el sevillano café Lombardo –sin olvidar la importancia que tuvieron para la difusión y conocimiento del flamenco las academias de baile-, y como está escrito: “En el local cerrado o en el cuadro de colmao, con vino o aguardiente, mujeres y madrugada, parece que el cante flamenco adquirió pasión y esplendor. Pasión por los partidarios que se atrajo y esplendor por la cantidad de cantaores que surgieron. Y el cantaor, al practicar el canto con la continuidad, fue adquiriendo y labrándose un oficio y un desarrollo de facultades, un interés superior de cara a la competencia, con deseos de erigirse en figura, ya que cobraba más el que mejor cantaba. El dinero, pues, entró abiertamente en funciones; se cotizaban los buenos cantes, y de ahí que todo cantaor buscara en sus adentros y se quebrara la cabeza para sacar a flote con su voz los más radicales sonidos. Pero a pesar del señalado afán de individualismo, de superación, se crearon escuelas, se limitó el cante, se impusieron ecos que todavía no han sido superados. Hasta ahora, la época de los cafés cantantes es el tiempo de oro del cante: durante él se creó algo así como un reglamento, y todo lo que después ha surgido está fuera de él, no se considera puro”.[1]

En los tiempos modernos, sólo como una idea aproximativa del espectáculo que se ofrecía en el café cantante, podríamos encontrar un cierto parangón en los espectáculos de los tablaos y en las galas que ofrecen las Peñas Flamencas.

De estos locales hubo en prácticamente toda España, aunque dependiendo del lugar el tipo de espectáculo que se ofrecía no era siempre igual, puesto que no estuvieron exclusivamente dedicados al flamenco. De hecho, se solían ofrecer espectáculos de variedades donde el flamenco, si se programaba, era un número más. Si bien, es cierto que el flamenco fue adquiriendo gran protagonismo hasta convertirse en el único espectáculo que se ofrecía en los cafés cantantes.

En cuanto al número de éstos, no hay acuerdo; pero sí conocemos que proliferaron en cantidad –algunos de calidad- por toda la geografía española, siendo Andalucía la región donde más abundaron. Con esa u otra denominación, citamos sólo algunos de los que sabemos que existieron, a modo de ejemplo no limitativo: Almería (Café Santo Domingo, Café Lyón D'or), Cádiz (Café de la Jardinera, Café del Perejil), Córdoba (Salón Recreo, Café del Gran Capitán), Barcelona(Edén-Concert, Café Villa Rosa), Granada (Café de Cuéllar, Café Suizo), Jerez de la Frontera (Café de la Vera-Cruz), Linares (Café de Don Cástulo), Madrid (Café el Gato , Café Imparcial), Puerto de Santa María (Café del Navío, Café del Refugio), Ronda (Café del Foro) y Sevilla (Café Lombardo, Café del Burrero, Café de Silverio). Pepe el de la Matrona recuerda seis en Valdepeñas, Fernando el de Triana sitúa once en Málaga (aspecto que tratamos en capítulo aparte), otros cantaores hablan de la existencia de estos locales en La Línea de la Concepción y Chiclana, ciudades gaditanas de larga tradición contrabandista y flamenca; y, en fin, el investigador José Blas Vega habla de dieciséis cafés cantantes en la época de esplendor económico de La Unión, sede hoy del Festival Internacional del Cante de las Minas, uno de los más prestigiosos eventos flamencos de la actualidad.

Seguramente habría más locales de este tipo por toda Andalucía y España –se barajan cifras que rondan la centena-, pero es un dato secundario para el trabajo que nos ocupa. Nos importa menos el número que la existencia de estos locales que supusieron una auténtica revolución en la Historia del Arte Flamenco. Nos importa más la calidad del hecho que la cantidad de sus consecuencias. De cualquier modo, como se ve, existieron muchos a lo largo y ancho de España. Y por los documentos escritos (en periódicos de la época como podemos comprobar en el siguiente capítulo) y gráficos (pinturas, grabados, dibujos, etc.) conocemos cómo eran.

Los cafés cantantes eran locales generalmente cerrados donde se ofrecían espectáculos flamencos de cante, guitarra y baile, al que asistían personas de toda clase y condición, aunque las clases populares eran sus clientes más habituales. Allí entonces, como aquí ahora, el vino y los licores eran una ayuda para despertar las pasiones flamencas y amorosas, pues abundaban las mujeres (no todas artistas) y el ambiente se iba calentando conforme avanzaba la noche.

En cuanto a su estructura, no todos tenían la misma, pues algunos eran muy amplios con capacidad para albergar un gran número de personas y otros eran pequeños locales: el Café del Gato, en Madrid, tenía una capacidad tan escasa que apenas podía albergar a cincuenta personas. Pero casi todos tenía distribuido el espacio de la siguiente manera: un salón amplio, poco o bien iluminado, decorado castizamente de acuerdo con el costumbrismo de la época, y con un escenario en forma de tablado donde tenían lugar las actuaciones, alrededor del cual se distribuían mesas y sillas. Algunos, además, disponían de reservados para reuniones privadas, y otros, los más lujosos, palcos para los clientes más pudientes. El conocido como “Teatro Colón”, situado en la Plaza del Humilladero de Granada, tenía una capacidad de más de mil personas, aunque por el nombre y por el aforo nos haga pensar más en una sala teatral que albergaba espectáculos flamencos que en un café cantante, toda vez que la gran mayoría de estos locales apenas tenían cabida para doscientas personas.

Hubo algunos más. Cuenta Fernando de Triana, que el Café del Burrero, en Sevilla, era tan amplio, que en él se podían ver espectáculos de lidia y que tenía instalados palcos para el público adinerado, así como cuartos y reservados para las juergas privadas. El Café de Silverio, en Sevilla, ocupaba una casa de dos plantas con patio central: en uno de los laterales de la planta baja estaba situado el escenario, a cuyo alrededor estaban las mesas y sillas para el respetable que se sentaba bajo los arcos que rodeaban el patio; mientras que en la segunda planta se encontraban los reservados.

De la importancia de los cafés cantantes no es menester discutir, pues queda fuera de toda duda que sin ellos es probable que el flamenco hoy no fuera o, en el mejor de los casos, fuera de otra manera. Y varias son las razones que nos inducen a hablar así:
Definitivamente, el flamenco es cosa de profesionales -con Silverio Franconetti a la cabeza-. Con lo cual, el número de cantaores aumenta considerablemente al calor del dinero, razón de mucho peso pues éstos descubrieron que se podía vivir del arte –muy bien en algunos casos- si se tenían cualidades y oficio. Y como cobraba más el que mejor cantaba, todos intentaban imprimir su personalidad a los cantes que interpretaban, con tal acierto en algunos casos que crearon escuela como fue el caso de Silverio y Chacón.

Como ocurre ahora, el número de cantaores era grande en cantidad y variado en calidad: no todos eran artistas y había magníficos intérpretes. Las razones, además de la expuestas, es que el negocio del espectáculo flamenco requería renovación y voces nuevas, continuidad en las actuaciones, competencia entre los artistas, afán de superación, variedad en las formas, calidad –avalada por el público o por la fama que precedía al artista en cuestión-, aunque, como ahora, los hubo buenos y menos buenos… Por los escenarios de los cafés cantantes pasó lo mejor y lo peor del flamenco de la época, pero su fama fue tal que trascendió las fronteras españolas. De tal manera, que algunos empresarios europeos se interesaron por estos espectáculos. Así ocurrió con el empresario del Teatro de Moscú, que llegó a Sevilla a finales del siglo XIX (parece ser que en 1894) con la idea de contratar artistas flamencos para introducir el género en Rusia. Si fueron o no lo desconocemos, pero el interesante, aunque anecdótico, dato ahí queda.

Además del gran Silverio y de los ya citados con respecto a Málaga, coincidiendo con esta época nacen y actúan figuras como El Mellizo, Curro Dulce, La Serneta, La Parrala, Antonio Chacón, Manuel Torre, La Niña de los Peines, Aurelio Sellés, Pepe de la Matrona, Paco de Lucena, Ramón Montoya, La Malena, La Macarrona, La Cuenca, etc.

La guitarra queda como instrumento único para acompañar al cante y al baile, que definitivamente se independiza de la escuela bolera adquiriendo formas propias y un protagonismo hasta entonces insospechado. El baile se desarrolló como forma artística espectacular al contar con un escenario para su puesta en escena: lo que hoy conocemos como “cuadro flamenco” tiene sus inicios en los cafés cantantes.

Las ya mencionadas La Macarrona, La Malena y Trinidad “La Cuenca” fueron grandes protagonistas del baile flamenco, como lo fueron Faíco, El Estampío, Lamparilla o Antonio de Bilbao.

El barbero Paco de Lucena dejó su tierra para debutar en el Café de Bernardo, en Málaga. Y junto a él, otros guitarristas brillaron con luz propia; entre los que debemos destacar a Ramón Montoya, Javier Molina, El Maestro Patiño, Antonio Pérez o Luís Molina.

Hemos dicho que la guitarra quedó como instrumento único, cuando quizá debiéramos haber dicho como instrumento principal, pues otro instrumento de cuerda, de la familia de las claves, tuvo no poco protagonismo en algunos cafés cantantes de la época. Seguramente, por dos razones: porque ayudaba a darle categoría al local (“Dícese ahora que el antiguo local del café del Turco prepara una nueva inauguración, bajo el más esmerado lujo y brillantez, pues parece que una sociedad de la Corte va a tomarlo, exponiéndose a invertir un inmenso capital. Por supuesto que habrá su magnífico piano”) y por su mayor capacidad sonora con respecto a la guitarra. Hay pruebas documentales en los periódicos de la época que certifican la existencia del piano como instrumento habitual en algunos cafés cantantes.

“Recordarán nuestros lectores que fuimos los primeros que iniciamos el deber en que se hallaban esos establecimientos de recreo, de transformarse, no solo presentándolos bajo un estado elegante, sino adoptando la introducción del piano, como está propagado en la Corte y en los más insignificantes pueblos de Cataluña. Los de Iberia, Lombardos y Recreo han introducido notables mejoras, que nos prueban el adelanto de estos establecimientos, principalmente los dos primeros que han admitido el piano. Hemos oído a cuantos llegan de la Corte y de Barcelona, sino del extranjero, elogiar la transformación que se ha verificado en los cafés. ¿Por qué los demás no siguen ese sistema? El tiempo convencerá de la necesidad que hay de que el piano se propague”[2]

Pero como ocurre siempre que se intenta introducir alguna novedad, no todos están de acuerdo. En la Historia del Arte Flamenco hay antecedentes que dejan a las claras las reticencias a lo novedoso entre los flamencos. Es decir, que lo de los puristas no es de ahora. Veamos lo que decía “El Porvenir” de Sevilla refiriéndose a un café cantante. Observamos que estos locales están cambiando para desterrar la mala fama que tenían, siendo un elemento importante de dicho cambio el piano:

“Ya hemos dicho que de poco tiempo a esta parte se ha operado tal metamorfosis en esos establecimientos de sociedad, que cuantos se han hallado alejados por algún tiempo de esta tierra, no los conocen. Al tétrico y monótono silencio ha sucedido el murmullo de la armonía del piano: dentro de poco los hemos de ver convertidos hasta en salones de improvisados conciertos. ¿Qué no hace el tiempo? Hemos predicado por la introducción del piano y la revolución se ha operado, no obstante que aun existan algunos tan rebeldes, que no han entrado por la vía de la moda; pero ya se convencerán”.

Entre los cantaores de la época hacemos mención aparte a Tomás Vargas “El Nitri”, pues su importancia debió ser tal que de él han quedado anécdotas y leyendas que lo convierten en un cantaor mítico. Cuenta que entre Silverio y el cantaor gaditano hubo una feroz competencia artística, hasta el punto en que El Nitri se negaba a cantar delante de Silverio porque la daba jindama de no quedar bien ante el maestro sevillano. Esto dicen los partidarios de Silverio. Los que defienden la estética gitana, afirman que lo hacía para que el gachó no le pillara el secreto de sus cantes. Y ahí andamos todavía.

Otra leyenda que rodea su figura es la consecución de la primera Llave del Cante (todavía no era de oro, como bien se puede comprobar en la famosa fotografía de El Nitri con la llave). Un general flamenco y dos lugares aparecen en torno a la historia. El general Sánchez Mira es el personaje que obsequia al cantaor en el transcurso de una fiesta o juerga celebrada en el Café Sin Techo, de Málaga –según unos-, o en Jerez de la Frontera (sin especificar un lugar exacto) –según otros-. La cosa pudo ser así: el cantaor del Puerto de Santa María debió hacerlo tan extraordinariamente bien que el general quedó muy impresionado con su cante. Y con el poder que dan los galones, se levantó, cogió la llave de la cancela (o puerta) y en un acto simbólico se la entregó al artista como diciéndole: “Aquí está la llave con la que cierras y con la que abres la puerta del cante”. Muy propio de los flamencos “echaos p’alante”, sobre todo cuando la pasión se enciende ya en las postreras horas de la noche.

Por lo expuesto genéricamente, y los muchos datos de que disponemos, parece que todo nos condujera a la mitificación idílica de los afamados locales de ocio. Y así es, desde la perspectiva que da el tiempo, pues hoy estamos en condiciones de afirmar que sin la existencia de los cafés cantantes el flamenco no habría adquirido la enorme divulgación y la general aceptación de la que gozó y goza actualmente. Estos establecimientos, en una sociedad tan cambiante como la del siglo XIX, fueron una consecuencia lógica de la época en la nacieron y se desarrollaron, un negocio de hostelería que ayudó al nacimiento, desarrollo, difusión y comercialización del flamenco.

Quizá no tuvieran la importancia que hoy les damos. Tal vez sospechemos que el flamenco pudo trivializarse y no se tratara con la dignidad que se proclama, pero no podemos negar que en la Historia del Arte Flamenco hay un antes y un después de esta época que duró hasta los primeros años veinte del pasado siglo, a partir de los cuales comenzaron a ser desplazados por teatros, cines, casinos, plazas de toros y otros espacios de inferior categoría y con peores condiciones. El negocio del espectáculo flamenco necesitaba expansión y los cafés cantantes se habían quedado pequeños para una demanda que cada día era mayor. Una nueva época –conocida como de la Ópera Flamenca- venía a reemplazar a la anterior por la misma razón que había nacido su antecesora: el negocio del ocio.


Nota:
”[1] Revista “La Factoría” nº 10 (op. cit.)
[2] Del diario sevillano El Porvenir, del 6 de diciembre de 1851.




Texto:
Paco Vargas
Poeta, escritor y periodista
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