Revista de Cultura Popular, Andaluza y Flamenca
Hoy es Jueves, 13 de Agosto de 2026
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Pregones. Cantar para vender

LOS PREGONES es una forma de comercio, consustancial al propio hombre, y una de sus formas más populares ha sido desde siempre la venta ambulante cuyo medio de comunicación no fue otro que el pregonero, que ha existido, sobre todo en los pueblos, hasta hace no tantos años. (Aún hoy se puede ver alguno por esos pueblos perdidos cantando el género que vende como reclamo para los potenciales compradores)

10/02/2025.

Paco Vargas
Poeta, escritor y periodista
+info: https://aticoizquierdaflamenco.blogspot.com/


Lo que aquellos hombres y mujeres cantaban eran pregones, carentes en general de melodía establecida que era tomada de músicas populares, una vez adaptadas a los mensajes publicitarios que se querían lanzar: unos anunciaban piñas, otra comida para el ganado, los demás caramelos, flores, enseres domésticos o fruta del tiempo, etc. Después, estos pregones fueron transformados por artistas de nombre en cantes que, sin perder su esencia musical, fueron principio de estilos flamencos de importancia como es el caso –sostienen algunos teóricos- del cante por Jaberas en Málaga, del cual no me cabe duda que en sus inicios fue escasamente parecido a como lo conocemos en la actualidad: ¿Alguien se imagina al pregonero o pregonera de turno voceando habas (“jabas”) mientras interpretaba cante de tan difícil ejecución? Yo, sinceramente, no. Pero de ese cante ya hablaremos en el capítulo correspondiente.


Y lo mismo debió ocurrir con otros pregones que, tras ser escuchados, los artistas de la época poschaconiana arreglaron por bulerías y por “asturianas” o “pravianas”. Sea como fuere, algo si parece común a todos los pregones: su origen popular folclórico.


Los recuerdos de Luís Cernuda[1] corroboran lo habitual de los pregones en los años veinte y posterior del pasado siglo:
“Eran tres pregones.
Uno cuando llegaba la primavera, alta ya la tarde abiertos los balcones, hacia los cuales la brisa traía un aroma, áspero, duro y agudo, que casi cosquilleaba la nariz. Pasaban gentes: mujeres vestidas de telas ligeras y claras; unos con traje de negra alpaca o hilo amarillento con chaqueta de dril desteñido y al brazo el canastillo, ya vacío, del almuerzo, de vuelta del trabajo. Entonces, unas calles más allá, se alzaba el grito de “¡Claveles! ¡Claveles!”, grito un poco velado, a cuyo son aquel aroma áspero, aquel mismo aroma duro y agudo que trajo la brisa al abrirse los balcones, se identificaba y fundía con el aroma del clavel. Disuelto en el aire había flotado anónimo, bañando la tarde, hasta que el pregón lo delató, dándole voz y sonido clavándolo en el pecho bien hondo, como una puñalada; cuya cicatriz el tiempo no podrá borrar.

El segundo pregón era al mediodía, en el verano. La vela estaba echada sobre el patio, manteniendo la casa en fresca penumbra. La puerta entornada de la calle apenas dejaba penetrar en el zaguán un eco de la luz. Sonaba el agua de la fuente adormecida bajo su corona de hojas verdes. Qué grato en la dejadez del mediodía estival, en la somnolencia del ambiente, balancearse sobre la mecedora de rejilla. Todo era ligero, flotante; el mundo, como una pompa de jabón giraba frágil, irisado, irreal. Y de pronto, tras de las puertas, desde la calle llena de sol, venía dejoso, tal la queja que arranca el goce, el grito de “¡Los pejerreyes!” Lo mismo que un vago despertar en medio de la noche, traía consigo la conciencia justa para que sintiéramos tan sólo la calma y el silencio en torno, adormeciéndonos de nuevo. Había en aquel fulgor súbito de luz escarlata y dorada, como el relámpago que cruza la penumbra de un acuario, que recorría la piel con repentino escalofrío. El mundo, tras de detenerse un momento, seguía luego girando suavemente, girando.

El tercer pregón era al anochecer, en otoño. El farolero había pasado ya, con su largo garfio al hombro, en cuyo extremo se agitaba como un alma la Mamita azulada, encendiendo los faroles de la calle. A la luz lívida del gas brillaban las piedras mojadas por las primeras lluvias. Un balcón aquí una puerta allá, comenzaban a iluminarse por la acera de enfrente, tan próxima en la estrecha calle. Luego se oía correr las persianas, cerrar los postigos. Tras el visillo del balcón, la frente apoyada al frío del cristal, miraba el niño la calle un momento, esperando. Entonces surgía la voz del vendedor viejo, llenando el anochecer con su pregón ronco de “¡Alhucema fresca!”, en el cual las vocales se cerraban como el grito ululante de un búho. Se le adivinaba más que se le veía, tirando de una pierna a rastras, nebulosa y aborrascada la cara bajo el ala del sombrero caído sobre él como una teja, que iba, con su saco de alhucema al hombro, a cerrar el ciclo del año y de la vida.

Era el primer pregón la voz, la voz pura; el segundo el canto, la melodía; el tercero el recuerdo y el eco, la voz y la melodía ya desvanecidas.”

Los pregones se suelen conocer por su título, toda vez que sus melodías a veces difieren dependiendo del artista que los interpreta. Así, Agustín Gómez[2] recoge y explica pregones como “El tío de los caramelos”, “El tío de las piñas”, “El tío de la alhucema”, “El uvero” “El florero” y “El frutero”; pregones todos en cuyas letras está el mensaje publicitario del producto que se quiere vender. Y que cuando fueron cantados por el artista correspondiente se hicieron cante flamenco interpretado con mayor o menor fortuna. Así, en la discografía antigua encontramos muchos y variados ejemplos de cantaores de nombre y de menos nombre que incluyeron algún pregón en su repertorio cuales fueron El Mochuelo, El Pena, El Niño de la Rosa Fina, Manuel Vallejo, Manolo Caracol, Pepe Pinto, José de los Reyes “El Negro”, El Niño de las Moras, Julián Córdoba o El Lebrijano. Más reciente en el tiempo, sólo una rara y hermosa excepción: la de Luís de Córdoba, que, con el título en los créditos de “Uni, doli, treli” nos deja una versión moderna y personal del “pregón de las piñas” en su obra “Que ni pintao”, editada en 1992 por el sello Fonográfica del Sur.

Niños y niñas, llorar por piñas,
tirarse al suelo, romper el babero,
que vuestras madres os den el dinero.
Niñas a las piñas, con su cabito,
para los niños que son chiquitos.


Y esta es la copla del “pregón de los caramelos”, adjudicado a “Macandé” -y arreglado por él-, aunque muy anterior al cantaor gaditano, que con el nombre de “praviana” lo tiene grabado El Niño de la Rosafina, cantaor nacido en Casares (Málaga). También lo conocimos en la inadecuada voz, para este cante, de José de los Reyes “El Negro” como “Pregón de los caramelos de Macandé”.

Sobre esto, hemos de decir que, si bien el cantaor del Puerto de Santa María (Cádiz) conoció y escuchó a “Macandé”, su versión no coincide –o lo hace remotamente- con la que, según nos dijo Ángel de Álora[3], interpretaba el cantaor gaditano en los años que vivió en Málaga, más parecida a la “praviana” de El Niño de la Rosafina; algo que parece tener visos de verdad contrastada –a la hora de cualquier investigación, no podemos olvidar la tendencia a fabular de la mayoría de los artistas flamencos-, toda vez que esos estilos se adaptan mejor a las voces de tonos altos y trinos limpios, todo lo contrario a las características de la voz del cantaor gitano al que tantas enseñanzas debemos.

A la salida de Asturias
y a la entrada en la montaña
fabrico mis caramelos
para venderlos en España.
Son de anís, naranja y fresa
y, si los queréis, de menta.
También los llevo de limón.
De Félix y Mariano Rodríguez,
de Vicente Barrera,
del gran artista Cagancho
y el Niño del Mataero.
Comprarme mis caramelos.



Paco Vargas
Poeta, escritor y periodista
+info: https://aticoizquierdaflamenco.blogspot.com/



Nota:
”[1]El texto –que incluimos por su belleza y evidente relación con el tema- es el del poema en prosa “Pregones” del libro “Ocnos” del poeta sevillano Luís Cernuda (Sevilla, 21 de septiembre de 1902 - México, D.F., 5 de noviembre de 1963), editado en la colección “Biblioteca de autores andaluces”. © Ángel Yanguas Cernuda/Idea y Creación Editorial S. L. 2004. Esta edición reúne dos libros de poemas: “Ocnos” (3ª edición ampliada, México, 1963) y “Variaciones sobre Tema Mexicano” (México, 1952).
[2] “Cantes y estilos del flamenco”. Agustín Gómez. Servicio de publicaciones de la Universidad de Córdoba. 2003.
[3] Ángel Luigi Miranda “Ángel de Álora”, de origen familiar perote (así se conoce a los nacidos en Álora), nació en Málaga el 17 de octubre de 1.917 y murió el 28 de marzo de l.992. Aunque conocía otros cantes de su repertorio, difundió principalmente los fandangos de Macandé, dándolos a conocer tal y como eran porque Ángel los había aprendido directamente del cantaor gaditano, con el que compartió muchos ratos de juerga y de cante durante el “mucho tiempo” que vivió en Málaga. “(…) Yo conocí a Macandé —refiere Ángel en una entrevista concedida a Manuel Herrera Rodas en la revista “Sevilla Flamenca”— cuando yo vivía en el Arco de la Cabeza número dos y Macandé vivía en el ocho. Que él vivió en la calle Marqués y en varios sitios más (. . .). Que allí, en mi calle había una taberna y allí cantaba Macandé y tó er mundo se asomaba a oírlo cantar (...). Y luego íbamos Macandé mi padre y yo al Cafetal, que estaba en Pozo Dulce....Y allí nos bebíamos un barril de cerveza diario... Y estábamos cantando tó el día y tóa la noche y nos daban diez duros en plata a cá uno. Y durante tres meses estuvimos así”.


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