23 de julio.
Óscar Barranco
Mi idilio con el
Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión comenzó con un viaje de más de ochocientos kilómetros y una maleta vacía de conocimientos flamencos. Llegué a La Unión desde Barcelona casi por azar, sin saber distinguir una minera de una cartagenera.
Francisco Hidalgo compañero de trabajo y de vida,
mi tio Francisco, me invitó aquel verano de 2004 a conocer la Ciudad Condal, donde mis padres emigraron en los setenta como tantos otros. Ese verano como eterno opositor a la administración necesitaba oxigenar mi mente.
En mi equipaje musical solo tenía unos pocos recuerdos de la infancia: el sonido lejano y tibio de la guitarra de mi abuelo tocando en un pueblo de las Vegas del Guadiana (Ruecas). Ese era todo mi mapa conceptual de ese arte, del flamenco.
Lo que yo no sabía es que los pasillos del Antiguo Mercado Público de La Unión tienen la magia de los lugares santos. Allí, la afición no se aprende; se contagia.
El año del bautismo: De Barcelona a La Unión sin más brújula que una guitarra extremeña
En aquella primera edición me topé, con la fortuna de los inocentes, con un grupo de aficionados y entendidos con los que compartí noches eternas de cante, compás y palmas. Para mí eran simplemente "grandes personas" que me abrían las puertas de un mundo nuevo con generosidad desmedida. Tardé un tiempo en digerir la realidad de con quién me había sentado a la mesa en el Bar Corinto, o tomado copas en la
Biblioteca del puerto de Cartagena, escuchando el análisis libre, poético y siempre a contracorriente de
Paco Vargas.
Aquellos compañeros de barra y de madrugá resultaron ser los guardianes del faro del flamenco: la sabiduría enciclopédica de
José Manuel Gamboa, la mirada internacional y apasionada de
Kyoko Shikaze, el magisterio analítico de
Faustino Núñez y la voz cómplice de la radio de
Manuel Curao.
Haber sido bautizado en el flamenco por semejantes padrinos, bajo el eco de la Sierra Minera, cambió mi forma de escuchar para siempre. Ya no era un simple turista; el veneno de La Unión ya se me había inoculado. En mitad de aquel torbellino de descubrimientos, la magia de La Unión volvió a hacer de las suyas. El festival borra los escenarios y une a los maestros con los neófitos en la distancia corta de una barra o una esquina del mercado. Así fue como terminé charlando con la mismísima
Merche Esmeralda, que viajaba acompañada por una buena amiga de Puerto Rico.
Jamás se me olvidará la curiosidad con la que me preguntó cómo un chaval que venía de Barcelona, y que apenas parpadeaba ante la densidad del cante minero, había terminado en la Catedral del Cante. Al explicarle mis raíces, le encantó saber que yo era del Campo de Gibraltar, su idiosincrasia cultural y social. En ese instante comprendí que, aunque mi único referente fuera la guitarra cacereña de mi abuelo, el mapa del flamenco me tenía reservado un hueco, quizás porque, al fin y al cabo, el flamenco está vivo.
Para Merche, cuando yo hablaba con su amiga era una forma divertidísima y única de entrelazar la lengua de Cervantes y la de Shakespeare, salpicando giros caribeños y anglófonos. Me rebautizó como “mi llanito”. Para mí fue una forma cercana y cariñosa de conocer el lado más humano de una gran artista. Ver a una de las máximas figuras del baile de todos los tiempos desmitificada, cercana, riendo entre dos mundos idiomáticos, me demostró que el flamenco en La Unión no solo es arqueología del dolor minero; es un arte vivo, hospitalario y universal.
El año del reencuentro con un amigo de la infancia
Si el primer viaje fue el del bautismo, el segundo, en el verano de 2006, demostró que en La Unión el azar no existe y que la mina siempre te devuelve lo que es tuyo. Regresé a la disciplina del festival con el oído un poco más curtido, aunque como dice
mi tío Francisco qué avance más lento tengo, pero nada me había preparado para una de las sorpresas más grandes de las ediciones a las que fui.
Durante una de las fases del concurso, Francisco me dio un aviso que encendió todas mis alarmas:
"Hay un chaval cantando que es de Ruecas, creo, el pueblo de tu familia materna". Al escuchar el nombre de aquel joven, me quedé bloqueado. Era Miguel "Farina", mi amigo de la infancia, aquel con el que compartía juegos y que ahora se anunciaba en los carteles como
Miguel de Tena.
Sin pensarlo, me colé y me fui directo detrás del escenario. El reencuentro en los camerinos, rodeados de la tensión eléctrica previa al concurso y tras más de veinte años sin vernos, fue un estallido de incredulidad, abrazos y entusiasmo puro. Ninguno de los dos podíamos dar crédito al escenario de nuestra cita: dos amigos de la infancia abrazándose en el corazón de la Sierra Minera.
”De espaldas, Kyoko Shikaze, Manuel Curao y Fco. Hidalgo
Aquella noche no solo recuperé a un amigo; fui testigo directo de la historia. Miguel subió a las tablas de la Catedral del Cante y concursó con gran fuerza y un gran conocimiento. Ver a tu compañero de infancia templar la voz, dominar la exigencia de la minera... El festival ya no era solo el lugar donde descubrí el flamenco; era también el sitio donde mi pasado y el éxito de uno de los míos se daban la mano.
Ese año no dio tregua a las emociones. El festival me demostró que el flamenco, antes que una industria, es una inmensa familia cuyos hilos invisibles te acaban tejiendo cuando menos te lo esperas. Si el reencuentro con Miguel en los camerinos me alegró mis noches, las madrugadas de La Unión me regalaron la pausa y la solera de los viejos maestros.
Gracias a la amistad íntima que unía a mi Tío con el maestro
Luis de Córdoba, terminé compartiendo mesa y copas con uno de los cantaores más elegantes y respetados de la historia contemporánea del flamenco. Sentarse a escucharle en la distancia corta, fuera del rigor del escenario, es asistir a una cátedra de vida, saber y experiencia. Mientras la noche avanzaba y los ecos de la mina seguían resonando al fondo, comprendí que el festival te da la oportunidad única de humanizar a los mitos. Charlar con él, entre anécdotas compartidas y el recuerdo de mi Tío, fue el contrapeso perfecto a la sabiduría madura compartida al abrigo de una copa en las noches mágicas de La Unión.
En este viaje descubrí la trastienda más humana y canalla del festival. En aquella ocasión, nos buscaron refugio lejos del bullicio urbano y nos alojaron en un hotel singular, plantado literalmente en mitad del campo. El contraste era casi místico: veníamos de la dureza de la piedra y el quejío de la mina para despertar rodeados del verde y el aroma de los limoneros. Siendo fiel a mi dialecto lo renombramos como que estábamos en
“No more land”. Todo un título de película.
Sin embargo, lo mejor de aquel refugio no era el paisaje, sino los náufragos de la noche que allí coincidíamos. Llegar de madrugada a aquel hotel en medio de la nada, tras las intensas jornadas del festival era una auténtica odisea, pero la recompensa al cruzar la puerta valía cada bache del camino. Allí se congregaba parte de la otra gran alma del festival: la prensa especializada. Aquellos que se encargan de traducir el duende en palabras, de levantar crónicas —más o menos acertadas— a contrarreloj y de desmenuzar los cotilleos, rumores y verdades que flotan en el ambiente tras los fallos del jurado.
En aquellas tertulias de madrugada, a la luz literal de las estrellas, con el cansancio en el cuerpo compartí confidencias con personas increíbles. Sentarse y escuchar debatir la mente brillante y afilada de
Juan Vergillos, o contagiarse del entusiasmo internacional y la mirada libre de
Susan Zellinger, son recuerdos que como los buenos vinos cogen más fuerza y significado con el tiempo.
El viaje de la madurez, Lebrijano, el gran protagonista
Mi tercera expedición a La Unión fue la de mi propia consagración como observador y la de descubrir la trastienda más íntima del festival. En aquella ocasión, nuestro cuartel general fue el Hotel Los Habaneros, donde me alojé compartiendo el día a día con mis ya viejos maestros y amigos de andanzas:
Francisco Hidalgo, José Manuel Gamboa, Manuel Curao y
Kyoko Shikaze.
Allí tuvimos el inmenso honor de coincidir en los desayunos con una leyenda colosal:
Juan Peña "El Lebrijano". Al principio se mostró un poco distante, observando el terreno. Sin embargo, la convivencia diaria de escuchar, ver a las mismas personas terminó por romper el hielo tras algún comentario en alto de los que allí nos encontrábamos. Un acercamiento que nos llevó a desayunar junto a él, escuchando sus anécdotas, chistes con los empleados del hotel entre sorbo y sorbo de café, fue un regalo irrepetible. La complicidad llegó a tal punto que, en su última noche en el festival, nos acompañó al bar la Biblioteca para charlar y despedirse.
Para redondear un año inolvidable, los pasillos de la Catedral del Cante me depararon el reencuentro con la gran
Merche Esmeralda. Su recibimiento fue de una calidez que me desarmó. Al fin y al cabo, para una de las máximas deidades del baile, yo seguía siendo aquel niño al que ella recordaba con cariño y al que llamaba, con complicidad andaluza y salero, "mi llanito".
El eco de un viaje interminable
”Francisco Hidalgo y José Manuel Gamboa en el tren Fever
Echando la vista atrás, desde aquel primer viaje desde Barcelona sin apenas saber distinguir un cante de otro (aunque tampoco ahora sea algo que domine demasiado), hasta las madrugadas de 2005 hablando con algunos de los más destacados críticos flamencos en medio del campo comprendo que La Unión tiene un “algo” que es difícil de describir.
El festival no solo me devolvió parte de mis raíces culturales. Me regaló el reencuentro impensado con un amigo de la infancia, el regalo impagable de tomar una copa con
Luis de Córdoba, el magisterio de batirme las palmas con
J. M. Gamboa, Kyoko Shikaze, Faustino Núñez, Manuel Curao, Paco V. Vargas, María, su compañera inseparable, y, cómo no, el abrazo cariñoso de una maestra como
Merche Esmeralda.
La Unión no es solo un festival y un concurso; es un imán que atrae las casualidades más hermosas del mundo. Tres viajes bastaron para inocularme un veneno que ya nunca me abandonará en mi vida. Y mientras escribo estas líneas para esta revista Fuente Vieja —quién me lo iba a decir en mi primer viaje—, solo puedo pensar en una cosa: ¿cuándo arrancará el viaje para la cuarta experiencia?
Óscar Barranco