Revista de Cultura Popular, Andaluza y Flamenca
Hoy es Lunes, 07 de Septiembre de 2026
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Enrique Soto 'Sordera': Se apaga una voz de Santiago, pero la herencia sigue cantando

A los 74 años, se marcha un cantaor nacido en el barrio de Santiago en 1952

28 de agosto.

Redacción
Revista Flamenca Fuente Vieja




El fallecimiento, a los 74 años, de Enrique Soto Barea ‘Sordera’ deja al flamenco jerezano sin una de sus voces más fieles a la tradición y abre un nuevo capítulo en la memoria de una de las grandes dinastías del cante. Hay noticias que llegan como un silencio.

No necesitan demasiadas palabras porque su dimensión se comprende desde el primer instante. Este jueves 27 de agosto de 2026, el flamenco se ha vestido nuevamente de luto con el fallecimiento de Enrique Soto Barea, Enrique ‘Sordera’, una de las voces esenciales de una familia que durante generaciones ha llevado el nombre de Jerez de la Frontera por los caminos más profundos del arte jondo.

A los 74 años, se marcha un cantaor nacido en el barrio de Santiago en 1952, un hombre que hizo de la fidelidad a su herencia una manera de entender el cante y que construyó durante décadas una trayectoria vinculada a los tablaos, las compañías de baile, los escenarios, las giras, los recitales y las grabaciones.

Con Enrique Soto ‘Sordera’ desaparece físicamente uno de los representantes de una estirpe fundamental del flamenco jerezano, pero queda algo mucho más poderoso que cualquier biografía: una forma de cantar, una manera de entender el compás y una herencia familiar que continúa latiendo en las voces de quienes llevan dentro aquella memoria.

Enrique Soto Barea nació en 1952 en el barrio de Santiago de Jerez de la Frontera, uno de esos territorios donde el flamenco no necesita explicación porque forma parte de la vida cotidiana, de las familias, de las reuniones, de las fiestas y de la memoria colectiva. Hijo mayor del cantaor Manuel Soto Monje ‘Sordera de Jerez’ (1927-2001) y de Rafaela Barea Carrasco, Enrique creció en el seno de una de las grandes familias flamencas de Jerez, una dinastía vinculada genealógicamente con nombres históricos como Paco La Luz y el Niño Gloria.

Su propio apellido artístico llevaba ya consigo una responsabilidad. Ser ‘Sordera’ significaba pertenecer a una historia. Significaba recibir una herencia construida por generaciones y asumir el compromiso de mantener vivo un modo de entender el cante. Y Enrique lo hizo desde una posición muy definida. De los tres hermanos, fue considerado el más ortodoxo, el más apegado a las formas tradicionales del cante familiar. Su repertorio encontraba especial profundidad en los tarantos y la soleá por bulerías, aunque su conocimiento abarcaba una amplia variedad de palos. No buscó desprenderse de sus raíces para construir su camino. Al contrario: hizo de esas raíces el fundamento de su personalidad artística.

Y Enrique Soto ‘Sordera’ fue, durante décadas, uno de esos cantaores capaces de hacer que el baile respirara. Su vinculación con La Yerbabuena, compañía a la que pertenecía en la última etapa de su trayectoria, prolongó ese compromiso con el baile y con la escena.

Una discografía que también guarda su memoria
La trayectoria discográfica de Enrique ‘Sordera’ dejó testimonios que permiten acercarse a su universo artístico.
En 1996 publicó ‘Como lo Siento’, un trabajo editado por Sohail, al que se sumó también en aquel año ‘Compás’, acompañado por la guitarra de Paco Jarana.
Un año después, en 1997, llegaría ‘Homenaje a un Patriarca’, un trabajo realizado junto a su familia y dedicado a su padre, Manuel Soto ‘Sordera de Jerez’. Aquella grabación adquiere hoy un significado especialmente profundo. Padre e hijo unidos a través del cante, una generación recibiendo la memoria de la anterior y dejando constancia de una saga que no puede entenderse sin la transmisión familiar.
En 2005 llegó ‘Herencia’, un título que parece resumir por sí solo buena parte de aquello que significó su trayectoria. Herencia no como peso, sino como continuidad. Herencia como responsabilidad. Herencia como memoria.

Jerez pierde una voz, el flamenco gana memoria
La muerte de Enrique ‘Sordera’ vuelve a recordarnos algo que el flamenco conoce desde hace siglos: que cada vez que desaparece uno de sus protagonistas, no desaparece solamente una persona. Se marcha una voz que conocía determinados secretos. Se marcha una memoria que había escuchado a otras memorias. Se marcha una manera de pronunciar los cantes, de respirar los silencios y de colocar el compás. Pero también queda todo aquello que ese artista fue capaz de transmitir. Queda su familia. Quedan sus grabaciones. Quedan los escenarios compartidos con algunos de los grandes nombres de la danza y el flamenco. Queda el recuerdo de quienes lo escucharon. Y queda, sobre todo, la continuidad de una dinastía que ha escrito páginas esenciales en la historia del flamenco jerezano.

Enrique ‘Sordera’, el eco que no se apaga
Quizá la mejor manera de despedir a Enrique Soto ‘Sordera’ sea hacerlo desde aquello que fue siempre su territorio natural: el cante. No desde el ruido de las grandes despedidas, sino desde ese instante previo en el que un cantaor toma aire y el mundo parece detenerse durante unos segundos. Ahí seguirá Enrique.

En el compás. En la soleá por bulerías. En los tarantos. En el eco de Santiago. En la memoria de su padre. En la voz de sus hermanos. En la familia que continúa llevando adelante aquella herencia. Y en la memoria de todos aquellos que entendieron que Enrique Soto Barea no era solamente un hombre que cantaba flamenco. Era un hombre que pertenecía al flamenco.

Fuente Vieja, a modo de susurro.
Quizá cuando Santiago quede en silencio y Jerez vuelva a escuchar el rumor de sus calles, alguna voz se eleve por una soleá. Y en ese primer quejío, profundo y antiguo, Enrique ‘Sordera’ vuelva a estar entre nosotros. Porque hay voces que se apagan, pero hay cantes que no saben morir.


Foto:
Diario de Jerez


Redacción
Revista Flamenca Fuente Vieja


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