Revista de Cultura Popular, Andaluza y Flamenca
Hoy es Miércoles, 24 de Julio de 2024
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Brisas hispalenses en las costas de Solís. Pepita Ortega, en el recuerdo

En el transcurso de la primera mitad del siglo XX arribaron a la Argentina, mucho más acentuadamente durante los años treinta y cuarenta, una infinidad de artistas de la copla y el flamenco.

05 de julio.


Sergio Enrique Sartorio
Buenos Aires – Argentina





Fundamentalmente afincados en la Ciudad de Buenos Aires, muchos de ellos fijaron su residencia de forma definitiva y terminaron sus días en esta, como Antonio el de Bilbao, Angelillo, El Niño de Utrera, Esteban de Sanlúcar, Maera, El Pena hijo, El Chato Valencia y un largo etcétera. Apenas iniciada la segunda mitad del siglo pasado, los últimos oleajes inmigratorios nos acercaron a estas riberas a María Josefa Ortega Ramos, Pepita Ortega, (Sevilla,1936 - Buenos Aires, 2003), brillante cancionista, cantaora y actriz sevillana que desarrolló la totalidad de su extensa y fructífera trayectoria en este continente.

Esta joven sevillana arribó al puerto de Buenos Aires en 1951 con solo 15 años de edad, de la mano de su madre y acompañada de sus cuatro hermanos. Su padre había llegado algún tiempo antes y se había establecido en la Provincia de San Juan donde la familia tenía proyectado radicarse de forma definitiva. Empujados por los coletazos económicos producto de la debacle de la Guerra Civil y el casi inmediato estallido de la segunda conflagración mundial, su familia buscó en esta otrora tierra de la corona española, como tantos otros compatriotas, sosiego y bienestar económico.

Su llegada coincide con la etapa final del primer gobierno del General Perón. La pujanza industrial y la estabilidad económica—que tardaría menos de un lustro en ser arrasadas—sumada a la tradición cultural y artística que dio fama a estas riberas rioplatenses como un atractivo foco del cono sur americano, resultaron el reclamo para que todavía entonces muchos europeos decidieran hacerse a la mar y probar suerte en esta.

Algunas de las mejores y más gloriosas páginas de la historia del flamenco en Argentina ya habían sido escritas para ese entonces: el paso triunfal de Carmen Amaya en los años treinta, precedidos por el magisterio de Don Antonio Chacón que, según dicen, sentó cátedra en las cafeterías de la metrópoli porteña allá por el año catorce; pero también, la estela dejada por Juan Amaya, Vicente Escudero, El Trío Lara, Pastora Imperio, Rosario y Antonio Los Chavalillos—por sólo citar unas pocas figuras de renombre—había propiciado un público aficionado a la danza española, la copla y el cante flamenco ávido y conocedor. Aunque, a decir verdad, es muy probable que ya hubiera en esta vieja Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Ayres, algo de buen ambiente flamenco desde mucho antes, pues aquí estuvieron afincados décadas, a comienzos de siglo y viviendo de su profesión, el tocaor Teodoro Castro Niño de Cádiz—que además daba clases—y su comprovinciano, el bailaor Juan Díaz Fernández, Feo de Cádiz, hermano del legendario Macandé.

Como tampoco podemos dejar de mencionar la trascendencia de las actuaciones realizadas aquí por Pepa de Oro, otra gaditana, que, al decir de los estudiosos, fue quien aflamencó y se llevó a la península la milonga, antes de iniciarse el siglo XX. Por tanto, podemos suponer que al menos un número reducido de amantes de lo jondo circulaba en derredor de la antigua Plaza de La Victoria.

Pero, volviendo a los inicios de los cincuenta, la incersión de nuestra cantaora en el mundo artístico de su tierra adoptiva se dio sobre el cierre de la llamada Edad de Oro del Cine Argentino, con los estudios Argentina Sono Film y Lumiton a la cabeza y cuando las más exitosas e importantes emisoras radiales (Radios Porteña, Libertad, Del Pueblo, Argentina, Splendid, Belgrano, entre otras) poseían, al menos, un programa diario cada una dedicado a la canción, el flamenco y la cultura española en general. Años en los que por El Tronío o el Sevilla Colmado—dos de los locales porteños más icónicos en estas lides del cante, la copla y la danza española—desfiló lo más granado de este arte, de paso o afincado en la Reina del Plata.

Al margen de los consabidos, también Gloria Romero, Gracia de Triana, pasando por Benito Casado o Juan Legido, Ángel de Madrid y otras muchas figuras, secundados por las magistrales sonantas de los maestros José María Posadas, Pepe Monreal, Pepe Alonso o El Moro, por solo citar algunas de las más afamadas guitarras de entonces.

Es en dicho contexto en que Pepita se lanza a la aventura artística, cuando en esta ciudad la canción española era moneda corriente en la radiofonía (muy poco
tiempo después la invasión musical anglosajona, de la mano de los avances mediáticos y las tiranías de las discográficas, provocaría que la músicas de raíz aparecieran como estampas exóticas) y a los espectáculos españoles asistían espectadores de todas la procedencias, no sólo los peninsulares y/o su descendencia, sino todos, sin distinción, porque esta música junto al tango y el folklore formaban parte naturalmente del paisaje musical porteño.

Pepita Ortega había nacido en el Barrio de San Julián, Sevilla, el 12 de abril de 1936. Como ha quedado dicho, llegó a Argentina en 1951. Por parte de madre estaba emparentada con el histórico cantaor Luis Caballero Polo, con quien mantuvo una estrecha y afectuosa relación epistolar durante toda su vida. Se inició artísticamente en la adolescencia, en la Provincia de San Juan, donde se había establecido primeramente la familia, pues Angelillo, luego de escucharla en una reunión, la recomendó para actuar en LV5 Radio Los Andes, presentación que resultó un resonado éxito. Ya instalada con su familia en Buenos Aires llevó su arte por las más señeras emisoras radiofónicas de la ciudad. En Radio Argentina actuó junto al maestro Agustín de Mingo, también lo hizo en Radio Porteña.

El maestro Ramón Zarzozo se encargó de formarla musicalmente en sus comienzos, actuando juntos luego en Radio Belgrano. Como actriz protagonizó los teleteatros "Dijes y sonrisas" y "Sonrisas de España", por Canal 7, con libros de Eiffel Celesia; le siguieron a estos: "Por tierras de hidalgos" y "Quijotadas", junto a los más reconocidos actores del momento. Con Francisco Marrodán realizó un ciclo muy exitoso en Radio Splendid. Al principio de su carrera sólo interpretaba canciones, algunas de estas, como es sabido, incluían sobre el final algún fandango u otra pincelada flamenca, pero, en ese entonces su relación con el cante se limitaba básicamente a ello. Fue la primera artista en estas tierras en ser autorizada para interpretar las canciones de Marifé de Triana. Compartió escenario con Pablo del Río e intervino en diversas Revistas de la tradicional Avenida Corrientes, junto a Joe Rígoli, Juan Verdaguer o Pepe Marrone, entre otras recordadas figuras. Junto a su marido y acompañante, el guitarrista flamenco argentino Camilo Salinas, recorrió la América española en diversas oportunidades, cosechando grandes éxitos.

Con el paso del tiempo y merced al influjo de su esposo su repertorio viró hacia el flamenco y fundamentalmente, la canción aflamencada.

En 1969, un icono de la canción argentina: Carlos José Pérez, Charlo, quien estaba a cargo de la musicalización de la telenovela Rafael Heredia, Gitano, emitida por Canal 11, encargó a Pepita la interpretación de sus principales canciones: Amor de Gitano y Como un puñal. El éxito obtenido por la telenovela ocasionó la grabación de un single, a través de la discográfica Music Hall, que significó todo un suceso en la afición hispanoamericana, agotándose en pocas semanas.

Si bien los cortes que se adjuntan a este artículo no son ejemplos de cantes tradicionales—que son los que integran el single de marras—sí dejan entrever la extraordinaria capacidad vocal de Pepita y sus grandes dotes interpretativas. Amor de Gitano se inicia con unos aires de taranto, para pasar luego a rumba y Como un puñal es una canción por bulerías. Hay que tener en cuenta que estas piezas han sido concebidas para promocionar una telenovela, con espíritu comercial, naturalmente. Tristemente no han quedado más que estas muestras de su arte grabadas profesionalmente, solo han sobrevivido algunas tomas en directo y de forma doméstica.

A comienzos de los años setenta Pepita Ortega y Camilo Salinas decidieron establecerse en Valencia del Rey, Venezuela. Allí permanecieron algo más de veinte años ejerciendo su profesión y dando clases, sobre todo en La Casa del Tango. A comienzos de la década del noventa regresaron a Buenos Aires. Pepita fue alejándose poco a poco de los escenarios. Ocasionalmente se presentaba junto a su marido en algunos de los centros españoles citadinos, pero, como se comprenderá, poco quedaba ya del ambiente de aquella luminosa e hispánica Avenida de Mayo de los cincuenta que habían frecuentado. Lamentablemente no volvió a visitar su tierra. Falleció en el Hospital Español de esta ciudad el 12 de septiembre de 2003, a los 67 años de edad, a causa de una afección cardíaca.

Los que tuvimos
la fortuna de haberla frecuentado, además de la admiración y el atractivo que despertaba en el escenario por sus extraordinarias dotes vocales e interpretativas, recordaremos siempre su simpatía y buen trato. Dotada de una gran sensibilidad, fue a lo largo de su existencia una muy buena lectora y aplicada dibujante decorativa. Daba gusto departir con ella, que, entre otras cosas, se interesaba mucho por las tradiciones culinarias de los países que visitaba y además cocinaba muy bien. Respecto de su estilo, dejaremos a Camilo Salinas que nos lo refiera, a través de una cita en la que alude a su arte realizada para la revista Flamenco, de Paco Vallecillo, en los años setenta y que luego sería incluida en el Diccionario Enciclopédico Ilustrado del Flamenco de José Blas Vega y Manuel Ríos Ruíz: «dado las condiciones de su voz, dulce y de mucho poder, creemos no equivocarnos clasificándola en la línea de las malagueñas, granaínas y el cante de levante, aunque por su temperamento y su polifacetismo, pudiera abarcar la gama de los cantes gitano-andaluces».

En muchas de las charlas que mantuvimos con el maestro Salinas recuerdo haberle oído relatar que Pepita nunca se había detenido a estudiar los cantes flamencos, pues su intención era dedicarse a la copla, pero que lo hacía de forma natural, sin esfuerzo, inclusive ignorando qué estilo precisamente estaba interpretando.

Tenía algún grado de parentesco con el afamado cantaor Niño de Aznalcóllar y de pequeña—me contaba también el maestro Salinas—el mismo la sentaba sobre su regazo mientras cantaba en las reuniones familiares. Evidentemente lo jondo no solo le venía de raíz, sino también de la asidua frecuentación en la primera infancia.

Respecto de esta condición natural también me relató una anécdota que describe esa facilidad con justeza: Estando en casa de ambos de visita, cuando residían en Venezuela, Esteban de Sanlúcar—que era un gran amigo de ellos—se encontraba en el living junto a Camilo y recordaba unas falsetas por malagueñas con su guitarra. Pepita lo oyó desde la cocina donde estaba preparando la cena y desde allí mismo, sorprendiéndolos a los dos—pues ella parecía estar siempre un poco al margen del flamenco—interpretó magníficamente una letra, que afortunadamente Camilo logró captar con su magnetófono, arrancándoles a ambos un admirativo ¡Oleee!

Pepita Ortega ha encarnado como nadie el espíritu genuinamente popular de la Andalucía expatriada. Desde estos enclaves, a miles de kilómetros y un océano por medio, ella y solo unos pocos artistas más, lograban, en las grises noches del Plata, transportarnos al azul mediterráneo de sus ensueños. Esta suerte de España chica tan particular que alguna vez fuera el casco histórico de Buenos Aires, se nutrió también de su savia sevillana a lo largo de noches y noches de cantes y emotivos recitados.

Cuando se cerraban las puertas, tras introducirnos en los últimos reductos hispanos de la ciudad, la magia de su voz nos conducía por senderos de paisajes desconocidos que alguna vez transitamos, nos recordaba algo que alguna vez fuimos, nos enamoraba y nos dejó prendados para siempre, de la inconmensurable riqueza del arte andaluz.



Texto:
Sergio Enrique Sartorio
Buenos Aires – Argentina


Quiero manifestar mi enorme agradecimiento a Paco Ortega Ramos, actor, hermano de Pepita, por sus aportes y participación en varias emisiones de mi programa radiofónico Clavijas de Madera, a MariCarmen Salinas-Ortega, hija de Pepita y Camilo, por sus testimonios y por cederme gentilmente parte del archivo de sus padres y a Miguel Terrino por su invitación, su confianza y por abrir esta ventana a nuestra Hispanoamérica flamenca.









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