13/03/2025.
Sergio Enrique Sartorio
Buenos Aires, Argentina
Camilo Salinas Vázquez nació en la ciudad de Ramos Mejía, Provincia de Buenos Aires, el 6 de septiempre de 1934. Cursó brevemente estudios de guitarra clásica durante su adolescencia, para pasar seguidamente a ser discípulo del tocaor jienense
José María Posadas, quien le dio la alternativa contando estos veintiún años. Cuando ya había saltado a las tablas en las lides del arte de las seis cuerdas, recibió algunas lecciones de perfeccionamiento en el acompañamiento del cante y del baile, de la mano del guitarrista manchego
Pepe Monreal. Desde entonces y hasta comienzos del siglo XXI desarrolló una dilatada carrera que lo llevó a recorrer la totalidad de la geografía hispanoamericana.
Se inició profesionalmente en Buenos Aires, a comienzos de los años cincuenta. Perteneció a esa primera camada de guitarristas flamencos argentinos que recogieron el testigo de las propias manos de reconocidos artistas peninsulares de larga trayectoria; de aquellos que alternaron su labor escénica con la pedagógica, como lo fueron José María Posadas, Pepe Monreal o Perico El Gitano. Junto a Salinas saltaron al ruedo —años más, años menos— Emilio Medina, los hermanos Pedro y Juan José Cortés, El Moro, Gerónimo Fernández, Alberto Torres, Eduardo Sampayo y Edgardo Romera, entre los más destacados.
Camilo Salinas enseguida fue fichado por los Hermanos Amaya, con quienes recorrería en giras artísticas toda la geografía argentina y seguidamente la sudamericana. Fue entonces cuando forjaría una entrañable amistad con el cantaor
Chiquito de Triana, con quien se reencontraría décadas más tarde en México, y de quien conservó recuerdos imborrables hasta sus últimos días. Secundó con su sonanta durante un largo período porteño al cancionista madrileño Pablo del Río y posteriormente —y para los restos— a quien sería también su compañera sentimental: la cantaora y cancionista sevillana
Pepita Ortega. Con su esposa se establecieron a comienzos de la década de los setenta en Valencia del Rey, Carabobo, Venezuela. Allí permanecieron hasta mediados de la década de los años noventa, cuando decidieron regresar a Buenos Aires, donde el maestro terminaría sus días unos veinticinco años más tarde, en octubre de 2019. En su prolongada estadía en la república bolivariana, además de ser el acompañante de su esposa, fue habitualmente el del recordado cantaor granadino Ramón de Loja y en ocasiones actuó junto a El Pichuli de Cádiz. Sobre el cierre de su carrera guitarrística, Salinas integró la plantilla de la célebre compañía del maestro Ángel Pericet y ocasionalmente fue el guitarrista del cantaor de mayor trayectoria y peso que poseyó la Reina del Plata a fines del pasado siglo: Rafael de Triana.
Como gran aficionado que ha sido y a un tiempo poseedor de un espíritu crítico y sagaz, desde joven tuvo una postura combativa ante los tópicos que entonces parecían cristalizados en torno del origen del cante flamenco. Fue un enconado antimairenista —que no un anti Mairena, cantaor al que respetaba y admiraba por su encomiable labor recopiladora— porque entendía que aquel endiosamiento de la figura del gran maestro de los Alcores, le iba a
hacer mucho daño a su figura y al flamenco en general. Así y todo, durante décadas mantuvo un caluroso contacto epistolar con el flamencólogo
Paco Vallecillo —acaloradas discusiones por medio— quien, a pesar de estar estéticamente en la vereda opuesta, guardaba hacia el guitarrista argentino un genuino sentimiento de amistad y cariño. En su dilatada estadía carabobeña escribió algunos artículos sobre la historia del flamenco en Hispanoamérica para las revistas El Olivo de Jaén y Flamenco, de Ceuta.
Participaba entonces activamente de las reuniones de la Peña Taurina de la ciudad donde había fijado residencia y escribió también algunos artículos para medios locales, no solo sobre flamenco, sino también sobre personajes históricos de la música ciudadana de su Buenos Aires natal: el tango. A su regreso a tierras porteñas reunió en un breve volumen sus recuerdos de tocaor, dando forma a una esquemática y compendiosa historia de la guitarra flamenca en Argentina, fundamentalmente de la Ciudad Capital, al que puso por título: Tocaores. Este libro vio la luz en el año 2010 y significó de alguna manera su legado; pues, de no haber dejado testimonio de los recuerdos del ambiente que le tocó vivir, mucho de esos interesantes datos se hubieran perdido para siempre.
A lo largo de su extensa vida cosechó grandes amigos en el mundo artístico flamenco y fuera de él, su buena disposición para la charla —durante mucho tiempo acompañada de un cigarrillo y la infaltable copa de vino— le granjeó la estima de la buena afición porteña. Esteban de Sanlúcar, quien era casi de la familia para él y los suyos, y con quien llegó a convivir, quizá sea a quien más quiso y admiró, no solamente por el eximio compositor e intérprete que era, sino también por su postura filosófica ante los avatares de la vida y sobre todas las cosas, por su gracia.
También fueron buenos amigos suyos Pepe Monreal, los ya mencionados Ramón de Loja y Chiquito de Triana. Durante sus años juveniles mantuvo también un estrecho contacto con Mario Escudero, cuando este pasaba largas temporadas en tierras rioplatenses. Continuaron luego esa amistad de manera epistolar y a través de grabaciones magnetofónicas que se enviaban por correo.
Por parte de su esposa Pepita Ortega se vinculó cercanamente con
Luis Caballero Polo, con quien sostuvo durante décadas un fluido contacto epistolar, pues era sobrina del mismo por parte de madre y a través de este gran cantaor sevillano también forjó una sólida relación con
Naranjito de Triana, Antonio Piñana o José Luis Postigo a quien alcanzó a visitar en su casa —en su única visita a España, llamativamente— en el año 2016.
A uno de los que más admiraba entre los históricos de la sonanta fue al
Niño Ricardo, a quien cariñosamente en los ratos de largas e íntimas divagaciones flamencas que compartimos, llamaba: Ricardito. Era también un arduo defensor del toque de
Manolo de Huelva, por su ajustado compás, su aire flamenco y sobre todas las cosas, su personalidad (Conservó durante muchos años una carta que el mítico guitarrista onubense le había enviado en agradecimiento por una cejilla del artesano
Juan Vargas que le había hecho llegar a Sevilla desde Buenos Aires.
Como gran admirador de este curioso tocaor, también lo remedó en algunas ocasiones en nuestro medio, negándose a tocar en algunos espectáculos donde entendía que se bastardeaba al flamenco, por ejemplo, a pesar de ser su situación económica más bien estrecha) Pero por quien sentía devoción era por
Esteban de Sanlúcar, con quien compartió escenario en dúo de guitarras durante su estancia venezolana. A propósito, recuerdo que en algunas oportunidades me comentó, (
desternillándose de risa), que Esteban en aquellas oportunidades se ponía sinceramente a sus órdenes, con genuina humildad y que a él le daba vergüenza que una figura como la de el de Sanlúcar le mirara con toda candidez, esperando saber qué debía hacer durante los toques a dúo, aguardando su decisión...—
la sencillez de los verdaderamente grandes— decía Camilo). Naturalmente, de los guitarristas más recientes prefería a
Paco de Lucía, a quien creía continuador de la línea ricardiana y de los más jóvenes se había quedado prendado de la calidad interpretativa del triste y prematuramente desaparecido tocaor onubense José Luis Rodríguez, a quien había escuchado bajo la encarecida recomendación de su tío Luis Caballero Polo.
En cuanto al cante, podría afirmar que era devoto de
Tomás Pavón, a quien también aplicaba el cariñoso diminutivo Tomasito, y al que recurría frecuentemente como quien apela a los cuencos tibetanos con fines sanativos, para limpiar la casa de malas energías y restaurar la armonía. Muchas veces interrumpía nuestras charlas o escuchas de discos con un:
"Haga usted el favor de ponerme a Tomasito, señor". Como para que el agua volviera al cauce cuando no le apetecía lo que estábamos oyendo. Pero poseía un amplio y variado gusto en cuanto a cante se refiere, supongo que esto era debido a que lo que más valoraba en un artista es que tuviera una personalidad definida y siguiera siempre por la misma senda:
El Niño de la Huerta, Pepe Aznalcóllar o el
Chano Lobato también eran de la partida de su preferencia cantaora.
En el vídeo que acompaña a estas líneas, podemos oirle acompañando por fandangos y cantiñas a Fernando Palma, cuando este se estableció momentáneamente en Venezuela. La grabación corresponde a su participación en la audición Valencia Taurina de la emisora La Voz de Carabobo, en 1984. Luego podemos oírle junto a
Ramón de Loja en una grabación doméstica, interpretando unas malagueñas en los estilos de Don Antonio Chacón y Enrique El Mellizo. Su estilo se enmarcó en los límites de la denominada línea clásica y tradicional, buscando siempre que sus variaciones sonaran flamencas. No compuso obras propias. Me permito inferir —
apoyándome en la amistad y la frecuentación de más veinte años que nos unió en torno a la guitarra— que su alto nivel de conocimiento y autoexigencia, sumado esto a su actitud un tanto mordaz y siempre extremadamente crítica, le jugaron en contra al monento de pretender componer sus propias piezas. Pero sí interpretaba algunas variaciones flamencas de su cuño.
Incansable y voraz lector, fue un cervantista acérrimo y no abandonaba a su Ingenioso Hidalgo ni en las giras por el interior del país, en las que me leía por las
noches en la habitación del hotel donde nos hospedáramos ocasionalmente, entre risas, pasajes que ya prácticamente sabía de memoria. Otro de sus autores favoritos era
Anatole France, de quien admiraba su ingenio e ironía, él mismo parecía ser una suerte de abate Jérôme Coignard porteño, con su mirada desilusionada, irónica y a la vez indulgente por la incomprensible naturaleza humana... La compañía de las lecturas de Alphonse Daudet, Victor Hugo o La Sagrada Biblia mitigaron un tanto la soledad de sus últimos años de vida, luego de perder a su esposa Pepita Ortega en 2003. Llamativa, pero a la vez comprensiblemente, aquel gran taurófilo que fue —
que no perdía ocasión de presenciar una corrida de toros cuando sus estancias en México o Venezuela, o en su defecto en la televisión— terminó sus días rehuyendo de la afición a la tauromaquia, sensibilizado por lo que entendía luego como un espectáculo bárbaro, anacrónico y sin sentido.
Sus últimos años, ya apartado absolutamente del medio ambiente, pasaba sus días en soledad oyendo música clásica o tango en nuestra emisora nacional. De vez en vez evocaba su pasado de tocaor, pero, sobre todas las cosas, le apetecía recordar las anécdotas de gracia, los simpáticos personajes que frecuentó en su vida artística hispanoamericana, como aquel nieto de
Enrique el Mellizo, El Morcilla, que oficiaba de mesero en Buenos Aires, donde se hallaba exiliado, de quien al contar sus ocurrencias llegaba hasta llorar de risa; o las de aquel otro taurómaco empedernido y personaje un tanto estrafalario que nos pintó una y otra vez, el autoproclamado Conde Moratinos, que daba pases por las calles venezolanas con un cartón por muleta y narraba las más inverosímiles historias en las que siempre corría la suerte de ser el humilde héroe de la faena.
Con un inimitable y arraigado sello castizo, pero porteño de ley, al fin y al cabo, frecuentó también —
principal y paradójicamente durante su estancia venezolana— el ambiente tanguero, en el que encontraba muchas similitudes con el flamenco, no en lo musical, pero sí en la idiosincrasia de sus cultores. Compartió muchos momentos junto al gran
Agustín Irusta en Valencia del Rey, a quien le realizó una simpatiquísima interviú que conservo con mucho cariño grabada de su archivo personal. Cuando joven y merced a su participación en la novela Rafael Heredia, Gitano, estuvo vinculado a su director musical, Charlo, de quien adaptó varias canciones a ritmos flamencos. Pero su corazón de aficionado estaba junto al Polaco
Roberto Goyeneche, el de más espíritu flamenco de todos los cantantes de tango; quien en cada interpretación dejaba jirones de su alma, nuestro
Manolo Caracol de la canción ciudadana, a la sazón vecino suyo del barrio de Saavedra, al que le tenía sincera simpatía.
Con 85 años de edad, el 9 de octubre de 2019, nuestro tocaor entregó su alma al Señor rodeado de sus seres queridos. Su hija y nietas habían viajado desde Venezuela a la Argentina para acompañarlo en sus últimos años. Nos entrevistamos una semana antes de la partida, tras el aviso dado por su hija de que ya se acercaba el final. En esa ocasión hablamos de todo un poco, menos de enfermedades y cosas concernientes
a la salud, que ambos consideramos siempre poco elegantes.
Supongo que ambos sabíamos que era la última y recordamos a algunos amigos, el maestro Salinas imitó por enésima y última vez a nuestro querido colega, Pepe Alonso y volvimos a reírnos a rabiar, como antes. Como no podía ser de otra manera hizo algunas citas de El Quijote, identificándome con Sansón Carrasco, como solía hacerlo en los años noventa y nos despedimos con una sonrisa que en el lenguaje de los que ya mucho se conocen significaba un hasta siempre.
Fue un flamenco diferente, con un pie dentro y otro fuera de lo que se ha dado en llamar el ambiente, del que nadie sabe definir con exactitud quiénes lo forman, ni cuáles son sus límites. Incomprendido, cuando no ignorado o negado por la mayoría de los que integran el conglomerado artístico de este otro lado del Atlántico, anduvo siempre al margen del provincianismo que suele imperar en ámbitos donde se desarrollan actividades culturales foráneas, pues sus inquietudes e intereses sorteaban la barrera de la vana egolatría o las rencillas cotidianas del día a día.
Su concepción del arte y del artista llevaba implícita el marchamo del Humanismo y su proceder y estilo de vida poseían algo de tolstoyano. La ansiedad y el ritmo vertiginoso que viene arrastrando a la vida contemporánea y que alcanzó naturalmente a todos —
flamencos incluídos— lo dejaron muchas veces anonadado, pues era un cultor del dialogo templado y pastueño. Su dedicada afición, a la que bien podríamos llamar su monacato, nos permitió que se conservasen para siempre algunas composiciones inéditas de su admirado Esteban y emotivos cantes de Pepita. A los que tuvimos la dicha de seguirle de cerca nos enseñó a escuchar con atención, saber estar, sentir, pero también y fundamentalmente, pensar el flamenco.
No quisiera despedirme, paciente lector/a, sin agradecerte haber llegado hasta aquí, ni alzar una copa en honor del querido maestro, compartiendo a la vez y con tu permiso un fragmento de Una noche en el Faro de Vigo, un manojo de versos que escribí en su memoria en el año 2019:
"Dos décadas de noche junto a Ramón de Loja
por tabancos de pueblo, buscándose la vida,
en tierras de Bolívar, entre palmas y rosas,
en los círculos áureos de la hermandad taurina.
Veinte años sin pisar el empedrao porteño,
añorando los tiempos de la afición noble.
Coplas y cantes en la radio, entre brumas de ensueños,
juvenil casticismo del ambiente de entonces.
Andaduras en sombra del tocaor errante.
Aferrado al de Huelva, rezumando tibio ron,
de golfos y enteraos lo rescató Cervantes,
del figón miserable, la ironía de Anatole."
Sergio Enrique Sartorio
Buenos Aires, Argentina
Las fotografías y grabaciones adjuntas pertenecen a mi archivo personal. Mi más sincero agradecimiento a la familia Salinas Ortega por haberme hecho depositario del acervo familiar.
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